Implantes dentales. Injertos de hueso

La pérdida de los dientes conlleva inevitablemente la reabsorción del hueso alveolar de una manera progresiva. En esta pérdida de hueso influyen factores como la enfermedad periodontal previa (piorrea), o la presencia de prótesis mal ajustadas.

En el momento en el que nos planteamos la restitución de un diente perdido, hemos de tener en cuenta el estado óseo disponible, pues si este se ha reabsorbido deberemos restaurarlo, es decir, debemos de poner un injerto óseo para recuperar la anatomía tridimensional del hueso de los maxilares.

En la reconstrucción de defectos óseos en las regiones orales y maxilofaciales se pueden emplear una gran variedad de materiales. Aunque se han empleado aloinjertos (hueso de individuos de la misma especie) y distintos materiales aloplásticos (hueso sintético), hoy en día y después de no pocos debates y estudios (muchos de ellos carentes de rigor científico) existe un acuerdo de que el material de relleno ideal (gold standard) es el hueso autólogo (del propio paciente) por sus características fisiológicas en la formación de hueso.

La utilización de injertos es un procedimiento ampliamente extendido. A pesar de no disponer de datos exactos, se calcula que solo en EE. UU. se realizan más de un millón de injertos óseos anuales. Esta popularidad terapéutica refleja el éxito clínico que se consigue con la utilización de los injertos óseos con el profesional adecuado.

El objetivo final de la realización de un injerto óseo es la recuperación de la anatomía ósea del maxilar, con el fin de que podamos colocar el implante dental en una posición óptima tridimensionalmente para la colocación idónea del diente o dientes desde el punto de vista no solo funcional, sino también estético.

Fig. 1. Atrofia ósea en mandíbula, que imposibilita la colocación de implantes

Fig. 2. Rehabilitación dental con implantes: la reconstrucción del hueso

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